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Los 'Pequeños Gigantes' del Juego Perfecto

Crónica de don José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo
April 23, 2010
México, D.F. (Por José Sulaimán, presidente del CMB) 23 de abril.- Salí del cine con emoción y nostalgia, tras ver la película El Juego Perfecto, la cual llevó hacia atrás mi mente, justo al año 1957, cuando todavía era un joven residente de Ciudad Victoria, Tamaulipas, mi ciudad natal, en tiempos cuando también era un aceptable jugador de béisbol, el deporte de mi vida, mismo que jugué por 20 años.

Recordé una lluviosa tarde del 23 de agosto de 1957, cuando escuchaba por el radio el juego final de aquellos niños regiomontanos. Lo hice con un grupo de amigos, sudando del calor, nerviosos y con miedo a la derrota de ese glorioso equipo que, habiendo salido de Monterrey en un modesto autobús, sin que nadie o muy pocos los tomaran en cuenta y tras 12 resonantes triunfos, se enfrentaban al equipo de La Mesa, de California, por el título mundial de las Ligas Pequeñas de Williamsport.

Los 'Pequeños Gigantes', como después se les llamó, habían salido al torneo de las Ligas Pequeñas, en Texas, sin que nadie diera un centavo por su triunfo, despedidos por un sacerdote quien les dio la bendición y pidió a todos rezaran porque "les fuera bien", bajo el mando de un entusiasta y joven manejador, César Faz, con limitado conocimiento de la técnica del béisbol, pero con una fuerte actitud mental de triunfo, un motivador nato, muy trabajador y quien envolvió a sus peloteritos a luchar unidos hacia el triunfo, siempre por su Monterrey querido y por México, enfrentándose en un país extranjero, al gigante del norte, en donde no se les daba la mínima oportunidad de triunfo.

La conquista del campeonato de las Ligas Pequeñas en Texas les abría por primera vez las páginas deportivas de todo México y ocupaba las portadas de los diarios de Monterrey, la Sultana del Norte, para llegar a Williamsport todavía como un equipo con pocas probabilidades de triunfo y un físico que hacía ver a sus rivales como gigantes y a ellos un promedio de 10 kilos y 15 centímetros más pequeños, pero firmes con sus sueños.

Sorprendieron con su primer triunfo de 2-1 sobre el equipo Bridgeport, bajo el pitcheo del entonces niño Enrique Suárez; los otros equipos de la Serie Mundial eran Connecticut, Escanada, Michigan, y La Mesa, éste que pasaría arrollador ante sus rivales para llegar con Monterrey al juego final.

Volviendo a Ciudad Victoria, con la lluvia, el calor y los nervios, escuchamos acerca del parque lleno con 10 mil espectadores. Vino el anuncio del pitcher abridor, el as del montículo regiomontano, Ángel Macías, de quien se temía cuando se enfrentara al gigantón Joe McKiraban, quien había conducido al equipo La Mesa al juego final con dos jonrones en el juego de semifinales y otros tres en los juegos anteriores.

Siendo Monterrey el local, por haber ganado "el volado" y ante la expectación del público y radioescuchas, Ángel Macías despachó a sus rivales en perfecto orden durante los cinco primeros innings, con ocho ponches que hicieron rugir al gigante de las mil cabezas, como lo era el público regiomontano; McKiraban había sido uno de ellos, provocando la ovación más prolongada.

Pero no había carreras tampoco por nuestros mexicanos; los nuestros habían pegado tres hits, mientras los de La Mesa no habían podido batear la bola más allá del cuadro regiomontano, cuando en el quinto episodio, Monterrey abrió con un hit y posteriormente una base por bolas, con el siguiente bateador dando un inesperado toque de bola que hizo avanzar a sus compañeros, cuando en las Ligas Pequeñas no era recurrente avanzar con toques a los corredores, ya que no podían despegar de las bases hasta que la bola saliera de la mano del pitcher. A ello, siguieron una base más y un hit con un error, para que los mexicanos terminaran el penúltimo episodio con cuatro carreras anotadas que creó en el público una algarabía indescriptible.

Ángel Macías salió a lanzar el sexto y último episodio del partido, si no había empate; el público y jugadores mexicanos ya tenían la confianza de tener el triunfo en la mano, pero faltaba otra hazaña, una aún más grande, cuando lo que todos callaban se hizo patente. Ángel Macías había lanzado cinco entradas sin que aceptara un solo hit, como tampoco nadie se le había embasado, pero nadie jamás en la historia de las Ligas Pequeñas había lanzado un juego perfecto, sería la primera vez; Macías había demostrado una habilidad, inteligencia y madurez. Lo hizo con bolas de alta velocidad, cambios y curvas con ocho ponches y siete outs con batazos que no salieron del cuadro; quedaban solo tres outs para el triunfo, pero también para un juego perfecto y el público callado, con un silencio sepulcral, que Macías rompió cuando ponchó a los dos primeros, para enfrentarse luego al destructor gigantón jonronero McKiraban a quien puso en tres bolas y dos strikes.

Se podía oír el zumbido de una mosca, pues la siguiente pitcheada era la gloria o pasar al montón, Ángel lanzó y McKiraban abanicó para lograr el triunfo y el Juego Perfecto, el primero en la historia de las Ligas Pequeñas de Williamsport.

La ovación del público era ensordecedora y así lo fue también en la Sultana del Norte, en donde fábricas, sirenas, flautas, cláxones, sonaron al unísono para celebrar uno de lo días más grandiosos del deporte mexicano, no sólo por ese Campeonato Mundial, sino por el triunfo sobre los Estados Unidos en su propia casa, que muchos otros pocas veces hemos podido lograr.

Y fueron unos niños 'Gigantes' de Monterrey, quienes nos enloquecieron a todos los mexicanos y nos llenaron de orgullo. César Faz se convirtió también en un merecido héroe deportivo.

Al año siguiente, en 1958, los 'Pequeños Gigantes' de Monterrey, seguramente basados en el ejemplo, el orgullo y la entrega de los pequeños campeones del 57, volvieron a coronarse. Esta vez, bajo el influjo de otro gran pitcher, 'La Malita' Torres, quien era hijo de uno de los más grandes jugadores de la historia del béisbol mexicano y de los Sultanes de Monterrey: Epitacio 'La Mala' Torres. Me tocó la suerte de haber vivido y compartido con todos los mexicanos esa página de gloria que queda indeleble en la historia del deporte mexicano.

Los invito a ver la película, sobre todo a quienes no vivieron esos momentos y que se transporten al México bonito y orgulloso de 1957, nuestro gran país en el que se reconocía enormemente a aquellos quienes luchaban por el bienestar de la Patria.